» Creación del artista
  • Creación del artista
  • El artista
  • Estampas a color
  • Páginas ilustradas
  • El artista
    • José Luis Fariñas
    • José Luis Fariñas nació en La Habana un 22 de febrero de 1972. De origen español-sefardí, era justo y hermoso que fuese elegido para ilustrar esta obra; un artista americano y conocedor de la religión judía acompañando en esta aventura literaria a Luis de Carvajal El Mozo.  Un viaje común desde la salida de España, hacia una nueva patria al otro lado del Océano. El artista es capaz de transcribir las emociones que le provoca la lectura. Eugènie Delacroix. Fariñas, pintor, dibujante, ilustrador y escritor, es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC, miembro de la Asociación Internacional de escritores y Artistas, IWA y graduado con Título de Oro por la Academia de San Alejandro. Ha realizado 31 exposiciones personales en Cuba, Estados Unidos, Panamá, México, Argentina, España, Austria y Japón, y 115 exposiciones colectivas en Cuba, Inglaterra, España, Alemania, Austria, Japón y Estados Unidos. Acuarelas y óleos suyos se conservan en el Museo de las Américas y el Mizel Museum, de Denver; Jewish Museum de Boca Ratón, American Jewish Museum de Pittsburgh; German book and Type Museum de Leipzig; en los fondos de la Galería Ars Liber de Liber Ediciones, Pamplona, entre otras instituciones y en colecciones privadas. Su trabajo se caracteriza por una intensa fase previa de documentación, de tal forma que luego es capaz de transformar los textos en dibujos plenos de simbolismo, de matices fantásticos, que enlazan perfectamente con la obra literaria, mostrándonos al mismo tiempo otra dimensión fundamental de la narración. Se podría decir que interpreta la figura con un realismo fabuloso, con un minucioso detallismo que nos conecta con el mundo de los sueños y la tradición pictórica, ya que en sus dibujos asoma el mundo de Breughel o del Bosco, o recuerda a un Mantenga, o el Caballero de la Muerte de Holbein o de Durero; pero el recuerdo es vago, más para inscribirse en una tradición que para utilizar modelos. Y en la minuciosidad de ese falso realismo surgen figuras oníricas, pequeños trasgos que acechan vigilantes. Por las esquinas de los dibujos aparecen, germinando, figuras que lo mismo podrían ser súcubos que íncubos, un mundo de fantasía, infierno y pesadilla que se metamorfosea constantemente para mostrar al espectador, al lector, su particular visión del mensaje escrito. En definitiva, un artista que brilla por su talento pictórico y por su capacidad para elucubrar por debajo de las alfombras la cruda realidad de los textos que ilustra. Como bien comenta el crítico literario Mauro Armiño: el pincel de José Luis Fariñas los vuelve figuras de carne y hueso, aunque hayan salido de su imaginación: la perfección técnica del artista demuestra, con dibujos meticulosos hasta la desmesura, que mediante el arte se puede llegar a la cuadratura del círculo, a hacer de la realidad un acto de magia, a crear un espacio de «realismo mágico» que ha marcado el arte y la literatura. Ha obtenido por tres ediciones consecutivas el Primer Premio de Ilustración Raúl Martínez otorgado por el Instituto Cubano del Libro y el Centro Cultural Dulce María Loynaz. En 2007, el libro de artista Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, de María Teresa León, publicado por Liber Ediciones, ilustrado con acuarelas suyas, obtuvo en la Feria del Libro de Barcelona el Primer Premio Nacional al mejor libro de arte para bibliófilos editado en España durante 2006, distinción que otorga anualmente el Ministerio de Cultura; Primer premio que se volvió a repetir en el 2010 con el libro Apocalipsis de San Juan el teólogo en doble versión: español, con los textos de Casiodoro de Reyna en la Biblia del Oso, y en catalán, con los textos de la Biblia Interconfesional Catalana, editada también por Liber Ediciones. Liber Ediciones le adjudica el importante encargo de ilustrar el Fausto, de Goethe, que aparecerá en el año 2015. Obtuvo el Premio Nacional de Ilustración de La Gaceta de Cuba, UNEAC, en 1993, y Premio de Reconocimiento en el Concurso Internacional NOMA, UNESCO, Japón, en 1985. Representó a Cuba en la Bienal de ARTEBA (Buenos Aires), en 1998. Ha ofrecido conferencias y talleres en The New York City University, Cornell University, y otras universidades. Obras suyas figuran en importantes colecciones privadas. Figura en el Allgemeines Künstler-Lexicon (diccionario de artistas sucesor del Thieme-Becker), Michael Nungesser, Leipzig. Ha sido jurado en certámenes nacionales de dibujo e ilustración, e internacionales de diseño. Ha sido antologado junto a 27 poetas judeo-latinos por HOSTOS REVIEW, The City University of New York, 2006; por Salvador Redonet en Novísimos narradores cubanos, Universidad de Zaragoza, 1999, y El ánfora del Diablo, Letras Cubanas, 2000. Aparece en el Author Index de la Universidad de La Ciudad de New York. Ensayos suyos han sido publicados en La Gaceta de Cuba. Su cuaderno de poemas en prosa Incuria, Ediciones “Z”, La Habana, l993, ha sido traducido al inglés y al holandés. Ha publicado El resto más blanco, poesía, Editorial Sur, 2006. Es Editor consultor de The Contemporary Who’s Who del American Biographical Institute.

      Subir

  • Estampas a color
    • La búsqueda de Fausto
    • Inmerso en la tempestad del mundo, la búsqueda de Fausto implica el esfuerzo en una ascensión hacia el dominio del conocimiento infinito, una ascensión inevitablemente fallida en la que nunca podrá alcanzar el supuesto último peldaño. Es un impulso condenatorio nacido de su angustia personal y del resultado fatídico de la interpretación de las inmanentes fuerzas naturales como totalmente dominables de algún ignoto modo, las cuales, sin embargo, durante todo el proceso de ascenso, se le interponen imperativamente como algo demasiado profundo y extremo para no proceder de lo divino, estableciendo así la evidencia de la necesidad del fracaso humano ante la voluntad de domarlas absolutamente. Es la paradoja del sabio que al final del camino recorrido se reconoce como eterno aprendiz, pero no humildemente, sino frustrado ante la brevedad de la vida, siempre en equilibrio precario y en lucha con los anhelos del propio espíritu sediento de respuestas ante leyes que a cada paso quiebran y transfiguran la imagen de lo existente con la infinitud violenta del hilo del cosmos.

      ¿Mediante qué poder se somete a todos los elementos? ¿No es la armonía que surge de su pecho La que le impulsa a abrazar el mundo en su corazón? Cuando la naturaleza va envolviendo, indiferente, La infinita longitud del hilo en el huso… p. 13

    • El camino infernal
    • Se representa aquí la atmosfera del camino infernal que Fausto, próximo al final de su vida, ve como el inevitable sendero de condenación que podría al fin privilegiar su acceso a un poder salvador y transformador tan humanamente inalcanzable como la total sabiduría que se le negaba. Las flores que la imagen del demonio pareciera quemar con el fuego de su aliento, simbolizan las almas que pretende desviar hacia la condenación. Lo demoniaco, personificado en Mefistófeles, será, para el aparentemente desamparado Fausto, el sendero angosto y terrible pero pleno de un poder que podría superar toda industria humana, es decir, que fuese capaz de encumbrarle a esas regiones espléndidas de la omnisciencia que perduran inaccesibles a cualquier cantidad de arte y de ciencia acumulada por el hombre. Su ambición recuerda la del pecado original, abordado desde una dimensión humanista mucho más compleja, y deja entrever que no puede existir sabiduría ni crecimiento sin un costo acorde y que, en su diabólica circunstancia, decidirá no solo el futuro de su condición vital y de su intelecto, sino el destino de su alma, objeto medular en la disputa que se establece desde el mismo comienzo del drama, entre Mefistófeles y el Creador.

      No me atormentan escrúpulos ni dudas, No temo al infierno ni al demonio. p. 23

      Esfuérzate por llegar a ese pasadizo En torno a cuya angosta boca vomita llamas todo el infierno; Hay que decidirse con serenidad a dar ese paso, Aun a riesgo de desvanecerse en la nada. p. 33

    • La complejidad del mundo
    • Sentado ante su visión de la complejidad del mundo, Fausto medita en espera de más luz. El mundo carece del sendero que precisa su afán de encontrar una forma superabundante de confluencias reveladoras: la figura final de una transformación cuyo germen ya reside en la existencia primordial. Con ese deseo, que es también el de Goethe en las artes y en la ciencia, el autor revela en su protagonista ese afán incansable de eterno aprendiz que obliga, a pesar de una avanzada edad, a continuar ahondando peligrosamente en los enigmas. Lo demoníaco se presenta entonces por sí mismo, atraído por la insatisfacción convocatoria del anciano sabio. Y no hay lugar sino para la desesperación en esa búsqueda sobrehumana que al final le llevara a las puertas, no ya de la ciudad, sino del infierno. El fondo, con variaciones del ocre al amarillo, alude a lo largo del libro al anhelo desmedido del oro filosofal, símbolo de la búsqueda de la sabiduría suprema, de la transmutación de la materia y de la vida eterna. Las mutaciones vegetales y animales, incluso las de las nubes, y los laberintos de la óptica y de la mineralogía, representados en esta imagen, son temas que llamaban asimismo a Goethe a un frenesí indagatorio de diapasón tan hondo y diverso que lo iba aproximando paradójicamente a una clave general, a la idea de una esencia que acaso estructurara y gobernase al universo: a la Naturaleza como algo divino, como un poder inmanente que asomara ubicuo en toda epifanía. Esa inmanencia, ese aliento en el fundamento y la expresión de lo disímil y de las transmutaciones, es una de las claves de Fausto. Y ese hilo confluyente de las metamorfosis asoma con simbólica inmanencia en el entramado de las ilustraciones.

      ¡Oh, si hay espíritus en el aire Que se mueven reinando entre la tierra y el cielo, Descended de ese dorado velo Y conducidme lejos, a una nueva vida de matices más intensos! p. 46

    • Humo maldito y raudo
    • Arrancado de todo aquello donde es inevitable su esencia infernal, Mefistófeles, como una bestia apegada a lo terrenal desde su raíz a toda superficie condenada, se lanza como una misteriosa fiera de inagotable energía, imbricada a través de los espacios y horizontes, como generando un humo maldito y raudo que le arrastrase en pos del intenso llamado del doctor Fausto. Para Goethe, como para Spinoza, lo divino es ubicuo e inherente a la naturaleza: es naturaleza, y, del mismo modo, lo demoniaco (Mefistófeles, que sintetiza energías de signo negativo pero igualmente activas, hambriento de ser y de poseer— es en la obra igualmente ubicuo en posibilidad, símbolo de la acción del mal y de la transformación, y ambos polos serían una manifestación paradójica del propio poder de lo omnipotente de la acción en tanto paradigma. Para Goethe, una unidad superior integra todo lo existente. Y la pronta aparición del demonio sería, de alguna manera, confirmación de la existencia de lo divino: una especie de umbral de destrucción, antesala y estancia de agonías y de pecado, pero desde donde habrá de alcanzarse las configuraciones más elevadas de una existencia sobrehumana y perfecta, luego de una determinada secuencia de sacrificios y redenciones, hasta alcanzar la purificación: por eso lo verde a fondo y lo celeste, como horizonte posible tras la cerca del sacrificio, representada con variaciones de matices cálidos, y un sol sacrificial, rojo, que se impone por entre la niebla.

      ¡Soy el espíritu que siempre niega! Y, con razón, pues todo lo que nace Es digno de perecer. Por eso, mejor sería que nada naciese. Así pues, todo lo que llamáis pecado, Destrucción, en una palabra, el mal, Es mi propio elemento. p. 53

    • Crepúsculo o amanecer
    • La desolada y vasta escena exterior expresa como espacio simbólico lo expectante y contradictorio del estado espiritual de Fausto. Son como los campos de toda su alma en juego, y el sobrecogedor horizonte se extiende como alegoría: Fausto se asoma a un más allá potencialmente salvífico o condenador en un momento crítico que lo mismo pudiera desembocar en un crepúsculo o en un amanecer, y es incapaz de determinarlo; es Fausto ante la inminencia del pacto con Mefistófeles y el demonio esta ya en su círculo. El anciano doctor piensa en lo sombrío del mundo que el demonio le promete poder transformar, y al que ahora le incita a aventurarse, renovado con la terrible fuerza diabólica, para ser testigo del oscuro milagro. En esta imagen se contiene la angustia de Fausto y su esperanza en la eficacia de un pacto en cuyo poder aún no confía. El demonio le abraza con su contradictoria luz y su promesa de plenitudes que le harían olvidar la imperfección y la ruina de la existencia anterior. Fausto tiene en sí mismo la posibilidad de encaminar su actuación hacia el bien o hacia el mal, representada en dos alas: la demoníaca y la angélica. La bifurcación signa la imagen.

      Poco me inquieta el más allá; Si reduces ese mundo a escombros, El otro puede surgir a continuación. De esa tierra manan mis alegrías, Y ese sol alumbra mis pesares; Si me puedo separar de ellos, Que ocurra entonces lo que sea. p. 65

    • La perfección del instante
    • Dividido hasta el infinito, ante la inminente efectividad del pacto con el demonio, Fausto vacila y reta a Mefistófeles, quien deberá conseguir lo que el sabio considera un imposible: la perfección del instante, la absoluta satisfacción del cuerpo y del espíritu, algo que acaso únicamente un poder divino podría conferir a un mortal. Fausto sabe con largueza que la finalidad de la existencia es siempre desconocida y que no pertenece al espejo onírico de los deseos concedidos, sino al de una búsqueda insatisfecha y por siempre diferida, lo que explica la celeridad de su resolución al aceptar el pacto, porque no confía en que Mefistófeles pueda lograr cumplir su promesa y porque, al mismo tiempo, desea estar equivocado. En esta lámina exenta la naturaleza metafísica del momento se expresa en la imagen del ángel que posee, a la vez, alas demoniacas y celestes.

      Si llega el instante en que diga: ¡Quédate aún! ¡Eres tan hermoso! Entonces podrás ponerme cadenas, ¡Desearé sucumbir! Entonces podrán doblar por mí las campanas, Entonces quedarás libre de tus servicios, El reloj podrá detenerse, las manecillas caer, ¡Para mí habrá finalizado el tiempo! p. 66

    • Las madres
    • Lo eterno femenino, ese prodigio de la suma de las fuentes generatrices que, según Goethe, es el enigma que él nombra las Madres, avanza en esta imagen alegórica como el arma divina de la acción en tanto fundamento de los cambios benéficos, enfrentando y anulando la fuerza nefasta del demonio. Mefistófeles, aunque tiene el poder para trastocar palabras y lugares y es parte activa del caos y de los ciclos, nada puede ante el verbo actuante del Creador que se expresa a través de las Madres, metáfora de lo activo edificante y purificador, y a lo demoníaco derrotado solo le resta demostrar su cólera impotente. En el ideario goethiano la inacción, física o espiritual, equivale a la muerte. En esta visión el Diablo se muestra vencido no solo por Dios sino por lo eterno femenino, esencia divina de lo infinito de la naturaleza en el perpetuo movimiento obvio o subyacente en todo escenario, local o universal, mortal o imperecedero y en toda la tragedia fáustica. A lo largo del libro las ilustraciones sugieren el movimiento constante de los elementos figurados.

      Falsas imágenes y palabras, Cambian el sentido y el lugar… p. 90

      Que me digan que no crea en prodigios. p. 91

    • La belleza femenina
    • Fausto es progresivamente conducido ante la posibilidad de poseer la belleza femenina arquetípica, de raíz clásica, homérica, la cual Mefistófeles verterá para él en el molde real de una mujer concreta que todavía Fausto no conoce, pero que está ya pisando su umbral, sorpresa que le impacienta duplicando sus ansias de realización del encuentro. Para Goethe, la materialización de la idea es un paradigma de acción trascendente que debe perseguirse en todo momento, en todo empeño”: “La verdad artística no es sin más una naturaleza imitada, sino una naturaleza incrementada”. De modo que, para convencer a Fausto, la imitación de la mujer perfecta que debe realizar el demonio tendrá que ser tan elevada como una obra de arte, no engañando sus sentidos demasiado refinados. Fausto será tentado con el objeto más deseado por él tras la diabólica conquista de su perdida juventud, es decir, con la mujer ideal encarnada a su propia medida.

      Sólo puedo verla como entre tinieblas. ¡La imagen más bella de una mujer! ¿Es posible? ¿Puede ser tan bella? ¿Debo ver en ese cuerpo tendido La encarnación de todos los cielos? ¿Puede encontrarse algo así en la tierra? p. 97

    • La mutación de Margarita
    • Los astutos ardides de Fausto y de su guía tenebroso aparecen simbolizados a la derecha. A la izquierda, la mutación de Margarita en criatura trágica, incitada pero aún inocente, sin culpa propia al concurrir en la infernal escalada de Fausto, pero ya a la sombra de los futuros y amargos frutos del pecado. Mefistófeles ha conseguido tentar a Fausto, ha conseguido transformarle en un ser mundano que es ya capaz de hacerle juego al demonio y hasta adelantársele en sus tretas. Convertido en una especie de talentoso discípulo del diablo, Fausto se dispone a arrastrar a Margarita consigo hacia el círculo ominoso que ya ha comenzado a apartarla fatídicamente del mundo piadoso y sencillo de su madre, tan afín a Dios.

      Ha quedado agitada, No sabe lo que quiere ni lo que debería hacer… p. 116

    • La duda de Margarita
    • Margarita duda al inicio del romance y recurre al oráculo de la flor que deshoja para pretender alguna certeza de que el súbito amor de Fausto es auténtico. Intuye que el deslumbramiento que muestra por ella el recién llegado podría no tener una raíz tan clara, profunda e inocente, como si la tiene el suyo, y teme. En la imagen Gretchen mira al horizonte, buscando una verdad que apenas prefigura y que Fausto eclipsa al proseguir, sin piedad y con su falaz apariencia, la conquista de la sencilla joven que pronto se ve atrapada en el espejismo que le dora el diablo. La sensualidad de la conquista se sugiere aquí en los planos y niveles de las figuras y en el erotismo sutil de estructuras que parecieran comenzar a develarse.

      Lo confieso, no sabía Qué podía estar agitándose en mi pecho a vuestro favor. Cierto es que me enojé conmigo misma Por no poderme enojar más con vos. p. 133

    • El espíritu sobrenatural
    • El espíritu sobrenatural invocado por Fausto, se representa aquí rodeado de vapores y fuegos, raíces y residuos minerales y biológicos de toda suerte, marasmo de las profundidades de donde van siendo entresacadas las lianas de la terrible alianza. La presencia sublime, nacida del poder mefistofélico y parte activa del propio demonio, lo ocupa todo porque se ha unificado con el deseo de Fausto, con la tentación que va estructurando su cumplimiento. Fausto quiere que todo su anhelo se concrete de inmediato sin temor a ninguna consecuencia. Ha decidido plenamente hacerse uno con la oportunidad infernal que se le ha presentado. El espíritu del instante satánico le va a conducir a los abismos de un destino contrario al natural, donde será necesaria la caída y destrucción del mundo original de Margarita. Con la quimera invertida se alude al deseo cuyo cumplimiento le atraerá a Fausto su condenación.

      Espíritu sublime, me otorgaste todo Cuanto te pedí. No en vano volviste Tu rostro hacia mí en medio de la llama. p. 137 ¡Lo que tiene que suceder, suceda ahora! p.141

    • La espléndida noche de Walpurgis
    • Mefistófeles, dueño y señor de las almas y de las carnes de los condenados, conduce gradualmente a Fausto —quien, de perder la apuesta, será su próxima presa—, y se encamina hacia la consagración de su triunfo como Maestro en las artes infernales. No hay escapatoria para Fausto, ni la quiere; anhela proseguir el viaje de descenso, la inminente caída de su alma como supremo costo de la satisfacción de su deseo. El tránsito es aun difícil; múltiples espectros se interponen, aunque parezcan ayudar: es un auxilio contradictorio y de cariz trágico que Fausto no percibe como advertencia ni como fuente de un mal que le devastará. El sendero rojo que atraviesa la imagen expresa el signo del sacrificio que ha hecho Fausto en aras de una juventud culpable que ya comienza a ocasionar desgracias en todas direcciones desde su propio ser, epicentro de anatema y de execración con los brillos del ardor alucinante de la noche de brujas, el desaforado aquelarre que se avecina y en el que se adentra conducido por su guía infernal.

      Así que ya me hormiguea por todo el cuerpo La espléndida noche de Walpurgis, Que será pasado mañana; Allí uno al menos sabe por qué vela. p. 156

    • Margarita levitante
    • Margarita, ensimismada y a la vez levitante, crece como una flor de luz que se va apartando de Fausto desde adentro hacia afuera. Su esencia sigue inmaculada y Dios la llama; ha estado de su lado a pesar de las tentaciones y los desastres sufridos de manos de Fausto y Mefistófeles. Se abre a una luz que la llevara fuera de la prisión terrenal, lejos del lazo demoniaco que la unió con Fausto, a su definitivo lugar en el cielo. Es un renacimiento que Fausto no puede detener ni reorientar, y Mefistófeles solo puede apartarse a un lado para mantener a Fausto en su círculo de penumbra, vueltos aquí deformes figuras de tinieblas, mientras Margarita se les escapa definitivamente. El disco de luz no es una luna ni es un sol: es un símbolo del triunfo divino, todavía incompleto pero decisivo, de Dios sobre el infierno.

      Soy tan joven, tan joven! ¡Y ya debo morir! También fui hermosa, y esa fue mi perdición. p. 190

      ¡Tuya soy! ¡Padre, sálvame! ¡Vosotros, ángeles, y vosotras, sagradas huestes, Rodeadme para protegerme! p. 196

      Subir

  • Páginas ilustradas
    • Gabinete de estudio
    • Reclinado en su polvoriento estudio y acosado por sus angustiosos pensamientos, Fausto nota que ha sido seguido por un misterioso perro de aguas, tan subrepticio que ya prefigura al demonio. En soledad, Fausto se queja de la imperfección humana atrapado en el círculo de su frustración ante la impotencia del escaso conocimiento que puede ser conquistado. El doctor medita sobre su inútil búsqueda en los libros de todo tiempo anterior al suyo, y, desde el claustro de su gabinete, pretende desentrañar el misterio de la Creación el cual, para Goethe, como fundamenta a lo largo de toda la tragedia, surge de la acción.
    • Camino de tentaciones
    • Con su capa tentadora Mefistófeles tira de Fausto en dos sentidos: hacia un horizonte ilusorio y hacia el final de un puente que se abisma. La dirección es una sola, y los interminables pliegues del tejido del mal descienden hacia la perdición. Fausto es iniciado en el camino de tentaciones a que el puente refiere, el tránsito tan breve y azaroso que acaso impediría descubrir algún último propósito a la existencia o alguna verdad suprema que permitiere extender ilimitadamente la vitalidad de lo mortal. Es un escenario en precario equilibrio con la disyuntiva de hundirse en el infierno o de ascender a los cielos. Pretende Fausto algo afín a la piedra filosofal, y no halla el oro de los filósofos. Mefistófeles tienta al sabio con otorgarle una juventud antinatural con la que luego incidirá sobre el tejido del mundo, creando cauces del mal a su paso. Fausto ambiciona conquistar algo supremo, tan perfecto que al alcanzarlo le haga desear que se detenga el curso de la creación. La soberbia de la inacción así convocada es condenatoria y abre la posibilidad del clamor con el que Fausto cierra el pacto con el Diablo. Es el clamor con que Mefistófeles pretende vencer a Dios en la disputa. Se extiende el trayecto de prueba sobre el puente que es la vida de Fausto, tensado por el lastre que también arrastra hacia lo infernal a Margarita, amparada por la naturaleza de la divinidad, que siempre tiende una generosa posibilidad de salvación, evocada en la imagen con arlos que descienden de los cielos.
    • El pequeño y el gran mundo
    • Una vez sellado el pacto, Mefistófeles invita a Fausto a conocer el mundo de su mano: primero el pequeño y luego el gran mundo. Le ofrece un lugar de privilegio a su lado, como el iniciado predilecto, sobre su capa convertida en mágica alfombra. Fausto se desplaza por los vastos espacios y laberintos de la Creación conducido por esta especie de atroz Virgilio; el demonio cumple la paradoja de insuflarle al sabio un valor capital que nunca desarrolló durante su recogida y sedentaria vida de estudioso. Fausto nunca enfrentó los riesgos que implica el adentrarse de lleno en las cumbres y en los abismos de lo humano y, en general, del mundo, y ahora comprende lo clave de poseer la necesaria disposición para ello. Es la paradoja de la acción: aún el mal cumple la finalidad que lo subvierte en valor útil gracias a la concatenación de la infinitud amparada en la apocalíptica gracia de un poder inmanente.
    • La cocina de la bruja
    • Abstrusos enseres cuelgan retorcidos bajo un alto techo que deja girar y disiparse, unos en otros, los mágicos vapores del brebaje que prepara la bruja, requerido por el demonio para transformar a Fausto. Ante ellos, despliega un pequeño teatro de ecos alquímicos , recitando textos herméticos y ejecutando los pasos necesarios del proceso para concretar la metamorfosis. Repite y entona las formulas y las cifras conque conjuga las sustancias y se encamina hacia la obtención del poderoso elixir.
    • El Brocken
    • Tras el caos alucinante de la noche de Walpurgis, Mefistófeles conduce a Fausto por el Brocken, en las alturas de Harz, como Virgilio a Dante por las entrañas del infierno. Abrumado por el misterio de la mística región, Fausto se siente sobrecogido ante la lejanía aparente de un Dios que pareciera haberle abandonado cual a un huérfano en las manos del demonio. Es una escena que recrea el paradigma del romanticismo que insiste en la figura del hombre que avanza contra las inmensidades indomables de la naturaleza y se adentra en lo incognoscible bajo el peso de mil tinieblas, tan solo con la esperanza de arrancarle a través de agotadoras vigilias o del demonio mismo, tal como se manifiesta en la circunstancia de Fausto, alguna clave que le permita justificar y compensar tamaños sufrimientos.
    • Reunión de filósofos
    • Fausto en la reunión de filósofos enmascarados descrita en el capítulo Sueño de la Noche de Walpurgis. Al fondo, tras un puente como símbolo de los tránsitos entre las diversas dimensiones de realidad, se empinan las alturas del místico Harz en el horizonte, cobijando los contornos graníticos del Brocken, sitio enigmático donde recién ha ocurrido el aquelarre de la Noche de Walpurgis. Fausto es agobiado por las elucubraciones contradictorias de estos sabios tras sus máscaras, inmersos en debates tan interminables como infructuosos acerca de los enigmas de la naturaleza y del espíritu, temas que le rememoran la incertidumbre de sus propios insomnios durante su larga vida de agotadora e infructuosa búsqueda del conocimiento absoluto.
    • Al rescate de Margarita
    • Fausto atraviesa nuevamente los espacios junto a Mefistófeles, ahora sobre hechizados corceles y rumbo a la prisión de Margarita. La premura desconsolada de Fausto que pretende salvarla se le une al agobio a causa de la insoslayable compañía de Mefistófeles, no solo por ser este el culpable mayor de la desgracia de su amada, tanto como de su propia actuación culposa, sino porque sabe que esa presencia maléfica le resulta imprescindible para el desesperado rescate con que intenta poner a salvo a Margarita.

      Subir